
vez deben ser más fuertes los signos de comunión, que anuncien la fraternidad universal por la vivencia plena de la pobreza, la castidad y la obediencia: “determiné a hacer eso poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo, confiada en la gran bondad de Dios, que nunca falta de ayudar a quien por él se determina a dejarlo todo” (C 1,2; cf. VC 87).